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Le Temps Traducido para Rebelión por Juan Vivanco

Servia en el 2000, Georgia en el 2003, Ucrania en el 2004: tres países, tres revoluciones populares. Pero detrás de la masa de manifestantes hay una trama de activistas internacionales, teóricos de la no violencia y financieros vinculados al gobierno estadounidense.

¿Lograrán imponer al reformador Víktor Yúshenko los manifestantes que desde hace 18 días ocupan el centro de Kíev? ¿O su movimiento será sofocado por las maniobras del presidente saliente, Leonid Kuchma? A cientos de kilómetros de allí, en el centro de Belgrado, un puñado de jóvenes servios se hacen una y otra vez, febrilmente, esta pregunta. Miembros del antiguo movimiento estudiantil Otpor («Resistencia»), ariete del levantamiento que desalojó del poder al presidente yugoslavo Slovodan Milosević, no sólo se reconocen en las protestas actuales sino que las conocen bien, por haberlas respaldado en los últimos meses.

Porque los veteranos de Otpor no dejaron la política tras la caída de «su» dictador. Conscientes de que otros pueblos de Europa oriental seguían sometidos a regímenes autoritarios, algunos de ellos decidieron exportar su lucha y convertirse en militantes internacionalistas de la revolución no violenta. Los que fueron a Georgia el año pasado asesoraron a los jóvenes militantes del movimientos estudiantil de desobediencia civil Kmara («Basta ya»), que colaboró en el derrocamiento del presidente Eduard Shevardnadze para instalar en el poder al reformador demócrata Mijaíl Saakashvili. Otros se han desplazado en fechas más recientes a Ucrania con la esperanza de repetir su hazaña. «Hemos estado allí 26 veces entre la primavera de 2003 y 2004», recuerda Aleksandar.

En este último teatro de operaciones los militantes del Centro Otpor de resistencia no violenta han creado dos organizaciones subversivas. La primera, Porá («Llegó la hora») se ha encargado de lanzar una campaña de comunicación «negativa» que denuncia las desigualdades: «Se trataba de señalar los problemas sociales», explica uno de ellos. «Las críticas a las disfunciones políticas sólo habrían movilizado a una minoría de ucranianos». La otra organización, Znayu («Yo sé»), se encargó de hacer una campaña «positiva», explicando el modo de evitar el fraude electoral, verificar las listas, inscribirse por primera vez, etc.

Los activistas servios son hábiles y eficaces porque están bien organizados. En Ucrania su labor es sufragada por una organización con sede en Washington, muy cercana al gobierno estadounidense: Freedom House, que ya estuvo con ellos en Servia en el otoño de 2000 y les está ayudando a organizar —de momento sin resultado— a los jóvenes bielorrusos del movimiento Zubr («El Uro»). En Georgia, el año pasado, el Open Society Institute (OSI) del financiero George Soros también se ocupó de formar a los militantes de Kmara.

Eso no es todo. La ayuda exterior a los activistas demócratas de Europa oriental también se extiende a la formación. En Estados Unidos se han organizado seminarios de «formación de formadores»; uno de ellos se celebró el 9 de marzo pasado en Washington. A estas reuniones en las que se intercambian experiencias acuden jóvenes militantes de base, como los de Otpor, junto con veteranos como Mukhuseli Jack, un luchador contra el apartheid de Suráfrica. También convocan a teóricos de la no violencia como Jack DuVall, productor de un documental, Cómo derribar a un dictador, que ha circulado bajo cuerda por muchos países del mundo, de Goergia a Irán pasando por Cuba... Sin olvidar a los seguidores del principal teórico del movimiento, Gene Sharp, autor de un manual traducido a unos veinte idiomas, De la dictadura a la democracia.

Por supuesto, las organizaciones de base como Otpor no son capaces por sí solas de imponer revoluciones. Para provocar un cambio de régimen deben actuar en combinación con una oposición política clásica y explotar los anhelos de cambio de la sociedad. También es preciso que los regímenes a los que se enfrentan les dejen una mínima libertad de movimientos. Cuando se dan estas condiciones, gracias a su ímpetu juvenil y su probada aptitud para la subversión, han llegado a ser la pesadilla de muchos dictadores.

Los hombres fuertes de la región se organizan

Se cuenta que en diciembre de 2003, durante el funeral del presidente azerí Heydar Alíyev al que asistían todos los dirigentes de la CEI, Vladímir Putin, hablando con su homóloga georgiana interina Nino Brudzhanadze de la revolución de las rosas, le comentó de un modo muy gráfico que «todos los dirigentes se lo hacen en los pantalones» ante la idea de que algo semejante se produjese en sus países.

En efecto, muchos regímenes autoritarios de la región tomaron medidas contra el contagio del modelo no violento. Con la colaboración de los servicios secretos rusos confeccionaron la lista negra de activistas que manejan el KGB bielorruso y el FBU ucraniano; la lista sirvió para expulsar de estos países a tres miembros del Otpor, como mínimo, entre julio y octubre. Otro ejemplo, este mediático: el jefe del estado kirguiz, Askar Akáyev, publicó un artículo en el periódico ruso Rossiskaya Gazeta el pasado 8 de junio en el que denunciaba «las nuevas tecnologías internacionales (para organizar) revoluciones de terciopelo».

Vladímir Putin, por su parte, ha contribuido con consejeros políticos rusos a la campaña de su protegido ucraniano Víktor Yanúkovich contra lo que ha llamado la «intervención colonial» de Occidente. Pero su iniciativa ha resultado totalmente ineficaz. Gene Sharp: «Lo esencial es dividir el campo contrario»

El principal teórico del movimiento, Gene Sharp, tiene varias décadas de experiencia en su haber. Y la firme voluntad de cambiar el curso de los acontecimientos.

A sus 86 años, Gene Sharp es el principal teórico de la trama internacional de revoluciones no violentas en los países de Europa oriental. Pacifista precoz durante la segunda guerra mundial, maduró sus ideas carteándose con personalidades como Albert Einstein antes de someter sus teorías a la prueba de los hechos en terrenos tan difíciles como Brimania. Entrevista.

Le Temps: De modo que la no violencia puede resolver conflictos...

Gene Sharp: Seamos claros: no hablamos de resolver un conflicto, sino de conflicto a secas, de una lucha que hay que ganar. Nuestra retórica está más cerca de la guerra que de la negociación. El método convencerá si es eficaz. Mi trabajo consiste en buscar en el pasado ejemplos de rebeliones pacifistas que puedan mejorar nuestros métodos en el futuro. La caída del muro de Berlín aportó muchas enseñanzas. Los checos, los polacos, los alemanes del este y los bálticos improvisaron mucho, pero tuvieron éxito. La Primavera de Pekín fracasó por los pelos. La sociedad paralela albanesa de Kosovo en los años noventa y las protestas servias del 91 y el 96, en cambio, resultaron demasiado simbólicas: bonitas pero ineficaces. Otpor, en el 2000, tuvo un planteamiento mucho más técnico. Comprendieron que clamar por el bien y criticar el mal no servía de mucho. Lo esencial es dividir el campo contrario, para debilitar su policía, su ejército, sus apoyos, para socavarlo hasta que se derrumbe.

- ¿Cómo empezó su indagación sobre la lucha no violenta?

- En 1945 acababa de producirse el Holocausto. Asistíamos impotentes a la consolidación de la tiranía estaliniana y a la explosión de la primera bomba atómica. En el mundo reinaba una violencia tremenda. Nadie podía dar una respuesta a la violencia extrema o a las dictaduras. Había incluso mucho desinterés. Entonces descubrí el pacifismo activo en la historia. La no violencia no es nueva. El concepto ya existía en la antigua China. Gandhi es un ejemplo insigne, pero hay otros, personas que a menudo no sabían lo que estaban haciendo, que al principio estaban desorientados pero a veces ganaban. Entonces yo trabajaba de periodista en Londres, pero mis investigaciones me apasionaban. Estudié en la facultad de filosofía de Oslo, luego en Oxford, donde descubrí el libro de Karl Deutscher, un filósofo alemán que analizaba las debilidades de las dictaduras. Pensé que había que centrarse en esas debilidades. Así descubrí las «fuentes del poder»: Hitler, Stalin y sus semejantes en realidad eran unos infelices, pero se apoyaban en estructuras. Si se pueden socavar, entonces las dictaduras caen solas.

- ¿Qué planes tiene?

- He escrito unos veinte libros sobre la no violencia. Algunos se han traducido a treinta idiomas y se pueden bajar de la Red. El Centro Albert Einstein para la no violencia que fundé en Boston colabora con Freedom House, el Centro de Conflictos no violentos, el Open Society Institute... Estamos en contacto con las Naciones Unidas. Ya no soy joven. Me gustaría que Otpor tomara el relevo.

Milos, militante en la sombra

Nadie dudará del origen eslavo de este hombre alto y rubio de ojos azules. Milos Milenković fue uno de los fundadores de Otpor en 1998, cuando tenía 19 ańos. A partir de entonces ha participado en todas las revoluciones no violentas que ha conocido, de Belgrado a Kíev, su región. Hoy dirige una ONG cultural en Belgrado, pero está dispuesto a ayudar a otros movimientos de oposición si es preciso.

«¿Ucrania? Tengo prohibida la entrada hasta el 1 de enero del año 3000» nos asegura. «El poder descubrió nuestros talleres de formación, pero ya era demasiado tarde para él. Desde abril de 2001 habré viajado allí unas veinte veces... El primer contacto con los ucranianos lo tuvimos en Minsk, cuando creamos las ONG bielorrusas como Zubr. Estaban invitados a nuestro seminario como observadores».

Cuando Milos viajó por primera vez a Ucrania sólo tenía 23 años, pero contaba ya con una larga experiencia revolucionaria. Pasó el año 2000 formando a los nuevos militantes de Otpor, antes de encabezar a los 35.000 estudiantes que se lanzaron al asalto de la dictadura de Milosević el 5 de octubre. Sus comienzos de «asesor de revoluciones no violentas» no fueron fáciles. Muchos de sus interlocutores dudaban de la utilidad de dichas revoluciones y se tomaban más en serio a los instructores occidentales. «La ventaja de los servios es que tenemos un punto de vista distinto» comenta el militante. «Estamos más acostumbrados a trabajar en condiciones difíciles, con presupuestos limitados y bajo una vigilancia constante. Además, antes de enfrentarnos a nuestra dictadura nos pusimos en contacto con los polacos de Solidaridad y los eslovacos de OK Campaign, que nos ayudaron mucho».

El compromiso de Milos es total. Los primeros seminarios —experimentales— contaban con medios escasos y, como los otros formadores servios de la época, el militante es benévolo y no hace reproches: «Tuve muchos problemas, me quedé sin mis trabajos de estudiante, los servicios secretos servios me zurraron más de una vez, pero hemos ganado».

Varias normas básicas para que triunfe la revolución

Un acoso continuo es mejor que un ataque frontal, la risa es mejor que la fuerza.

Las revoluciones que desde hace cuatro años se propagan por Europa del Este, recetas nuevas con ingredientes antiguos, combinan estrechamente una base teórica inspirada en los trabajos del Instituto Einstein con los hallazgos de un grupo de compañeros de facultad que, en el Belgrado de los años 90, llegaron a la conclusión de que la burla era la mejor arma para lograr una vida mejor.

Lo primero, entender

Pero antes de enfrentarse a un régimen autoritario hay que entender cómo funciona. «Ya apenas existen las dictaduras a la antigua usanza, con un tirano omnipotente y un país sometido», explica Slovodan, treintañero, veterano de Otpor y Georgia. Lo que tenemos hoy son falsas democracias con elecciones, con una oposición renqueante, en las que a fin de cuentas siempre manda el mismo, con un cargo u otro». La descripción vale tanto para el servio Slovodan Milosević, que alternó los cargos de presidente servio y yugoslavo, como para el ucraniano Leonid Kuchma, con sus continuos manejos para traicionar la vox populi.

Estas dictaduras tienen una serie de apoyos: la policía, el ejército, unos medios de comunicación serviles, una justicia dócil, una población obediente... La idea básica de nuestros revolucionarios es que para derribar el poder hay que debilitar antes dichos apoyos. En esta lucha se recurre a toda clase de iniciativas. En Servia, en las ciudades pequeñas donde todo el mundo se conoce, las madres de militantes detenidos acosaban a la policía local con llamadas telefónicas para implorarles que personasen a sus hijos adolescentes. En Kíev las chicas guapas adornaron con flores los escudos del cordón de seguridad del palacio presidencial mientras les preguntaban a los policías jóvenes si «realmente las iban a pegar». La burla es otra arma temible. Otpor hizo una colecta a fin de «pagarle a Milosević para que deje el poder», y la oposición naranja para pagar el entierro de Kuchma. Pero ojo, la comunicación debe ir en aumento. Además hay un sinfín de trucos. «Una pegatina se arranca en un santiamén» observa Slovodan. «Pero si la rayas con una cuchilla se romperá en tiras al intentar despegarla y siempre quedará un trozo...».

En general las revoluciones de Kíev, Tbilisi y Belgrado se articularon en torno a dos campañas de comunicación, una negativa, que criticaba los defectos del poder: corrupción, pobreza, falta de libertades... La otra, positiva, buscaba la movilización del electorado. La segunda campaña se basa en un cálculo sencillo: «Los partidarios del poder votan de todos modos» explica un empleado del Cesid, una ONG servia especializada en la supervisión de elecciones. «Todo consiste en lograr que los otros vayan a votar».

Éxitos y fracasos

La revolución de octubre en Servia

En enero de 2000 las organizaciones no gubernamentales servias impusieron la reunificación de una oposición política dividida, que se lanzó a la reconquista del poder basándose en un movimiento estudiantil muy popular, Otpor. En julio el presidente Milosević decidió por sorpresa someter a votación su cargo de presidente de Yugoslavia. Después del fraude electoral del 24 de septiembre se declaró una huelga general que paralizó el país. El 5 de octubre la «marcha sobre Belgrado» de 700.000 personas (el 10% de la población), tras cinco horas de insurrección popular, se saldó con la toma del parlamento y el fin del régimen.

La revolución de las rosas en Georgia

En noviembre de 2002 varias ONG georgianas se pusieron en contacto con Otpor para aprender de la experiencia servia. El Open Society Institute (OSI) del multimillonario estadounidense de origen húngaro George Soros organizó varias reuniones. Con la ayuda del OSI y el National Democratic Institute (una fundación política norteamericana vinculada al partido demócrata) se formó una red de activistas, así como el movimiento estudiantil Kmara. Estos militantes de la oposición política, encabezados por Mijaíl Saakashvili, impugnaron durante tres semanas los resultados de las elecciones del 2 de noviembre y el 22 de diciembre una muchedumbre con rosas irrumpió en el parlamento. El presidente Eduard Shevardnadze se dio a la fuga.

Intentos fallidos en Bielorrusia

La rebelión de Bielorrusia, encabezada sobre todo por el movimiento estudiantil Zubr («el Uro»), hizo un par de intentos en 2001 y 2004, pero de momento ha fracasado. La oposición política, hostigada por el poder, no logra fortalecerse. El poder ha logrado que en el campo cunda el miedo al cambio y se ha asegurado así un importante caudal de votos. La noche del 17 de julio, día de elecciones, en el centro de Minsk se formó una manifestación de unas 2.000 personas, violentamente reprimida por las fuerzas del orden, que practicaron detenciones. El presidente Alexandr Lukashenko fue acusado de graves atropellos.

La revolución naranja de Ucrania

Preparada desde la primavera de 2003, la revolución naranja estaba programada para las elecciones legislativas de 2006, porque ni la oposición ni las ONG de activistas estaban unidas frente al presidente saliente. La impugnación del resultado de la primera vuelta hizo que los socialistas se uniesen a Yúschenko y las organizaciones «Pora amarillo» y «Pora negro» dejasen a un lado sus diferencias. El movimiento estuvo a punto de triunfar cuando Yulia Timoshenko, número dos de la lista Nuestra Ucrania, encabezó la toma del parlamento el 30 de noviembre. El levantamiento, organizado por una población poco acostumbrada a la protesta, hizo que el poder se tambalease pero (¿todavía?) no lo ha derribado.

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