Guantánamo en Kosovo (Los secretos de Camp Bondsteel)

Modificado el 2008/02/16 10:42 por Administrator — Categorizada como: Artículos, Artículos sobre Kosovo

Maria Djurdjevich
Butlletí Informatiu de la Fundació Món-3
Número 114, febrer, 2008


Desde la intervención militar de la OTAN en Serbia (1999), una de sus provincias, Kosovo, se encuentra sometida a la administración de la ONU. Esa provincia del sur, de población mayoritariamente albanesa, está a punto de proclamar su independencia. En los medios de comunicación este hecho es leído casi exclusivamente en clave de derecho de autodeterminación de los pueblos, sin tener en cuenta fenómenos tan importantes como los recientes flujos migratorios en los Balcanes, el estatuto habitual de las minorías en cualquier país democrático o, especialmente, la preocupante dinámica del expansionismo militar de los EE.UU. en la Europa oriental.

Más que detenernos a analizar los crímenes cometidos por uno u otro grupo étnico (enfoque que parece corroborar la peligrosa teoría de Huntington sobre el supuesto choque de civilizaciones que “explica” las guerras contemporáneas), para esclarecer mínimamente la situación en Kosovo cabe plantearse las siguientes preguntas: ¿cuánto ha mejorado Kosovo desde la entrada de las tropas de paz?, ¿en qué se ha traducido la presencia de las tropas de la ONU (UMPROFOR) y la OTAN (KFOR) desplegadas en Kosovo en 1999 con el fin de devolver la paz y la estabilidad en aquella conflictiva región?

Desde que Kosovo fue convertido en un protectorado internacional, surgió en su territorio Camp Bondsteel, la mayor base militar de los Estados Unidos fuera de sus fronteras desde la guerra de Vietnam. Aunque no es un dato que suela citarse a menudo cuando se informa sobre Kosovo, no por ello es menos real. Efectivamente, hay una base norteamericana en pleno funcionamiento, situada en un país de tradicional orientación no-alineada y, por tanto, anti-OTAN (Serbia). Se trata de una base militar gigantesca situada al sur de Priština, la capital de la todavía provincia serbia de Kosovo, cuya construcción comenzó en junio de 1999, justo después de los bombardeos de Yugoslavia, cuando las fuerzas armadas de los EE. UU. se apoderaron de 400.000 hectáreas de propiedad privada.

La existencia de esa base militar se ha revelado (siempre indirectamente) cuando se ha publicado alguna noticia escandalosa como, por ejemplo, la denuncia de las cárceles secretas de la CIA en Kosovo o la de la impunidad de la que gozan los soldados y mafiosos que trafican con personas en esa “tierra de nadie” sin leyes. Pero nunca ha llegado a suscitar un gran interés porque no ha aparecido en los titulares de los diarios ni se han emitido reportajes televisivos sobre ella y, como es lógico, los telespectadores no suelen dedicar tiempo a la reconstrucción del contexto en el que se inscribe una noticia.

La base militar Bondsteel se construyó cerca del lugar por donde han de pasar el futuro Oleoducto Transbalcánico (AMBO) y otras vías energéticas que están construyendo la petrolera multinacional Halliburton Oil y su filial Brown & Root Services. Se trata de dos de los mayores proveedores de productos y servicios en la industria del petróleo, y su fortuna ha crecido de manera vertiginosa desde 2001 gracias al intervencionismo norteamericano en el extranjero y la creación de zonas grises para el comercio criminal (Kosovo, Irak, Afganistán): bases militares, tráfico de armas y de droga, prostitución y petróleo, un cuadro siempre acompañado de guerras interétnicas.

Además, la base de Bondsteel es conocida como la “Gran Dama” de una extensa red de bases militares norteamericanas situada a ambos lados de la frontera entre Kosovo y Macedonia. Camp Bondsteel cuenta con 25 kilómetros de carreteras y 300 edificios, está rodeado de un perímetro de 14 kilómetros de terraplenes y muros de hormigón, 84 kilómetros de alambradas y 11 torres de vigilancia, donde están destacados más de 7.000 soldados norteamericanos. Es tan grande que se divide en tres distritos. Dos de ellos, situados bajo tierra, albergan laboratorios para realizar los experimentos más diversos y centros de alta tecnología (se sospecha que un reciente terremoto fue provocado desde Bondsteel, ya que su epicentro se situó precisamente en Gnjilane). La parte de la base que se encuentra en la superficie tiene centros comerciales, una zona deportiva con terrenos de fútbol y gimnasios abierta las 24 horas del día, capilla, biblioteca y, según dicen, el hospital mejor equipado de Europa. Todos estos recursos están exclusivamente a disposición de los soldados norteamericanos y no forman parte de ningún plan de ayuda humanitaria a la población kosovar.

La zona que rodea la base es extremadamente pobre, con tasas de desempleo cercanas al 80 % desde 1999, un pésimo abastecimiento de energía eléctrica y una red de comunicaciones muy rudimentaria. Mientras la OTAN bombardeaba (todos los días, durante tres meses y medio) las infraestructuras de aquel país, Bondsteel lucía su plena potencia en las oscuras noches kosovares con sus satélites de comunicaciones, antenas y helicópteros. Para su construcción y mantenimiento, la empresa norteamericana Brown & Root Services paga a los trabajadores locales entre 1 y 3 dólares la hora, y explica esas compensaciones laborales tan bajas “porque no quieren inflar la economía local pagando salarios más altos”.

Con la misma discreción están llevando a cabo sus propios planes estratégicos, a espaldas (¿o no?) de la ONU y de la UE. La base Bondsteel está ubicada en una zona con posibilidades de expansión y todo parece indicar que en el futuro podría reemplazar a la base de Aviano, en Italia. Su construcción y mantenimiento supuso enormes beneficios para algunas empresas norteamericanas, y su éxito representó un modelo exportable a Afganistán y a las antiguas repúblicas soviéticas. Bondsteel será, en las próximas décadas, el eje logístico de control norteamericano del transporte de petróleo de Azerbaiyán al Adriático, y también de las futuras actividades corporativas y militares de los EE. UU. en el golfo Pérsico. Pero, antes que nada, sirve para mostrar a todo el mundo quién puede apoderarse impunemente de cualquier zona del mundo, incluida Europa. Así, las tropas internacionales de la paz (KFOR, UNMIK) que hoy administran Kosovo, cumplen con una serie muy diversa de objetivos que poco tienen que ver con la restauración de la sociedad multiétnica, la reconciliación o resolución de conflictos. Su actividad consiste más bien en proporcionar apoyo a los EE.UU. para que puedan realizar sus planes de control geoestratégico de los recursos energéticos de la zona. Los garantes internacionales de la paz y la seguridad en Kosovo han garantizado, además de la limpieza étnica, la instauración y proliferación del crimen organizado que consiste, sobre todo, en el tráfico de mujeres, heroína y armas. Al mismo tiempo, han conseguido que la región sufra una enorme recesión en su desarrollo económico y social y que se hayan vendido por un puñado de dólares unos cuantos complejos industriales (previamente bombardeados). No se trata sólo de que no haya aumentado la capacidad de diálogo entre serbios y albaneses (la única vía posible para la construcción de la paz), sino que las relaciones interétnicas han empeorado más que nunca.

En los medios de comunicación ha pasado casi inadvertida la estrecha relación entre el aumento de la presencia de los EE.UU. en Kosovo y el incremento de la actividad del Ejército de Liberación de Kosovo (KLA / UÇK). Tampoco se ha hecho hincapié en la conexión entre la red de tráfico de heroína controlada por la guerrilla albanesa y la financiación de las acciones terroristas del UÇK. O entre el aumento del tráfico de droga en Kosovo y el de la producción de opio en Afganistán, también controlado por los EE.UU. Amnistía Internacional intentó denunciar la impunidad de los soldados norteamericanos y de la guerrilla albanesa, que desde 2001 establecieron una poderosa red de tráfico de personas (trata de blancas) en Kosovo, pero la noticia no tuvo eco. A pesar de la notoriedad de las actividades criminales de la mafia albanesa (los llamados kosovares) incluso en Cataluña (prostitución, tráfico de droga, robos con violencia), en los medios de comunicación este tipo de actos suele ser atribuido, genéricamente, a las “bandas del Este”.

Este curioso silencio sobre lo que está ocurriendo en Kosovo a veces interrumpe alguna voz de protesta contra la política exterior norteamericana, prepotente, militarizada y corporativa. Numerosos informes realizados por expertos de la ONU han ido mostrando que los Estados Unidos violan sistemáticamente tanto los derechos humanos como las convenciones internacionales. Pero mientras que los ciudadanos europeos intuyen cuál es la verdadera raíz de los conflictos en América Latina, Irak o Afganistán (recordemos las masivas manifestaciones contra los bombardeos de Irak en Barcelona y en otras ciudades), les resulta difícil entender que los EE.UU. puedan estar llevando a cabo sus planes globales también en Kosovo (Serbia, Europa).

Por eso sorprendió tanto la noticia que apareció en la prensa europea en 2005 sobre la existencia de un Guantánamo en Kosovo, una cárcel secreta norteamericana camuflada bajo el mando de la misión de paz internacional, la KFOR.

La creación de cárceles secretas mantenidas por la CIA en distintos lugares del mundo es una práctica que se ha ido incrementando durante la era Bush. Desde que se conoció el trato degradante e inhumano al que eran sometidos los reclusos en la prisión de Abu Ghirab, en Irak, se ha descubierto que hechos similares tuvieron lugar en Guantánamo (Cuba) y en Afganistán. Como consecuencia de ello, en Europa empezaron a surgir dudas sobre la posible existencia de una red de prisiones secretas administradas por la CIA en nuestro continente.

El entonces comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, Álvaro Gil Robles, describió lo que había visto en septiembre de 2002 durante una visita que realizó a Kosovo (sus comentarios fueron publicados en el diario El País el 26 de noviembre de 2005). Visitó un campo de prisioneros de la KFOR (Fuerza Internacional de Paz para Kosovo) y lo que vio le pareció más que sospechoso: un campo de detenidos en el interior de la base militar norteamericana de Camp Bondsteel. “Había pequeñas barracas de madera, rodeadas de alambradas de espino, con quince o veinte prisioneros vestidos con monos naranja, como los de Guantánamo. Entre los detenidos había cuatro norteafricanos que llevaban barba, leían el Corán y estaban aislados unos de otros. Pregunté qué hacían en los Balcanes esos nacionales de países del norte de África y me contestaron que habían sido detenidos en la región, aunque eso no pude confirmarlo. No pude hablar con ellos y todo aquello me olió muy mal, me pareció muy sospechoso. Quien dirigía aquello era un asesor que venía de Guantánamo.” A raíz de esta noticia, se propuso al Comité de Ministros de la UE la apertura de una investigación sobre las actividades secretas de la CIA en territorio europeo. Pronto salieron a la luz en la prensa las primeras denuncias sobre cárceles secretas, secuestros de sospechosos y escalas de aviones de agencias estadounidenses que pudieran haber servido para el traslado de presuntos terroristas islámicos. Existen en la actualidad fundadas sospechas de que Camp Bondsteel, en Kosovo, fue utilizado para las “rotaciones” de prisioneros con aviones de la CIA entre Afganistán, Oriente Medio, Europa y Cuba (Guantánamo). Los norteamericanos, por su parte, niegan esas informaciones.

Actividades secretas denominadas “humanitarias”, nuevo colonialismo encubierto mediante la “diplomacia misionera”, detenciones extrajudiciales, separación ilegal de provincias… Kosovo es, simplemente, un campo de experimentación para las actividades más diversas, donde se toma el pulso de las grandes potencias. Al fin y al cabo, no se trata de nada nuevo: éste es desde hace siglos el destino de los Balcanes. Pero no intentemos enmascararlo con la intolerancia interétnica ni con la lucha por los derechos humanos. La polémica independencia de Kosovo, que se proclamará en base al uso del “derecho de autodeterminación” de una de las minorías étnicas de un país soberano (en contra de los principios fundamentales del Derecho Internacional y de la Carta de las Naciones Unidas) sólo sirve para mostrar quién manda a pesar de la ley y qué les ocurre a quienes se atreven a oponerse a su sistema.