La admirable huella de los “libertadores”

Modificado el 2008/02/14 23:36 por Administrator — Categorizada como: Artículos, Artículos sobre Kosovo

13.1.2000.

La presencia de tropas de la OTAN y fuerzas de la ONU en la provincia serbia de Kosovo, ha dejado una secuela de abusos e ilegalidades en uno de los grupos más vulnerables: las mujeres

Luis Luque Álvarez

Ciudad de Vitina, en la provincia serbia de Kosovo. El aire huele a cenizas, las mismas que aún traslada el río cuyos puentes fueron derribados por las descargas aéreas de la OTAN. Los albaneses —aquellos que no perdieron la vida gracias a un bombazo “colateral” de Norteamérica— ya están “a salvo”, debido a que entre ellos y los serbios se interponen fuerzas internacionales “de paz”.

Merita Shabiu es una niña albanesa de 11 años. Según su madre, Remjize, le gustan los jeans y las chaquetas rojas, con brillo. Es una buena chica, pero hoy ha tardado demasiado en volver a casa...

En realidad, no regresará.

Frank Ronghi, un sargento norteamericano de 35 años, de las Fuerzas Multinacionales de Paz para Kosovo (KFOR), ha olvidado lo que de seguro pretendieron inculcarle en solo algunos minutos: que su misión era contribuir a preservar la paz en el territorio. Desentendido de cualquier insignificante reserva moral, ha encontrado a Merita en su camino y ha desatado sus peores instintos, convencido de que la impunidad asiste históricamente a los vencedores.

La médica legal de las tropas de EE.UU. en Europa, Kathleen Ingwersen, ha dado su dictamen: La niña fue golpeada salvajemente, violada y estrangulada. Los soldados de la cercana e inmensa base militar estadounidense de Camp Bondsteel, han ofrecido algunos dólares para levantar una lápida en su memoria, y un tribunal militar ya ha adelantado que no condenará al señor Ronghi a la pena capital.

Y es que en este pedazo de Europa, en el que Occidente ha atizado tantas divisiones y guerras fratricidas, las mujeres suelen estar en la primera línea de las víctimas de la depredación. En muchos casos —curiosamente— los abusos emergen frente a la mirada encubridora o la ejecutoria de quienes supervisan la “estabilidad”.

SENCILLAMENTE COMPRAR

Al término de la agresión desatada por la OTAN contra Yugoslavia, en 1999, la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU instó a las potencias ocupantes (EE.UU. y sus aliados europeos) a “asegurar condiciones para una vida pacífica y normal para todos los habitantes de (la provincia serbia de) Kosovo” y a “realizar el mantenimiento del derecho civil y del orden y la protección de los derechos humanos” en la zona. Esta fue la letra del mandato internacional.

Sin embargo, las tropas foráneas allí acantonadas desde entonces, han hecho una particular interpretación del texto, habiéndose dedicado en primera instancia a echar los cimientos para una larga estadía en la estratégica región (solo la base Bondsteel abarca 400 hectáreas) y, además, a fomentar prácticas ilegales como la explotación sexual de mujeres y niñas.

Según un informe presentado en mayo por Amnistía Internacional (AI), desde el despliegue de la KFOR y de la Misión de Administración Provisional de Naciones Unidas (UNMIK) en Kosovo, la industria del sexo —sustentada en el tráfico de mujeres y niñas— ha experimentado un crecimiento inusitado en esa región, al punto de que de unos 18 locales empleados para este negocio en 1999, ya en 2003 superaban los 200.

De acuerdo con el reporte, buena parte de las féminas sometidas a esclavitud sexual allí provienen de Moldavia, Rumania y Ucrania, engañadas con promesas de trabajo en naciones de la Unión Europea. “Cuando entran en contacto con las redes de prostitución —reseña— son raptadas, violadas, torturadas, y sufren las violaciones más flagrantes de los derechos humanos”, ante la pasividad de las tropas internacionales. Algunas de esas muchachas, una vez secuestradas sus identidades, van a parar, en efecto, a Italia, Holanda o Gran Bretaña, donde terminan atadas a redes criminales que eternizan su condición de esclavas sexuales.

Las entrevistadas por AI, citadas en el documento, aseguran haber sido introducidas ilegalmente a través de la frontera kosovar y vendidas en “casas de intercambio”, a un precio que oscila entre los 60 y los 4 200 dólares. Buena idea de la tragedia la ofrece el dato de que algunas no rebasan aún los doce años de edad. Una de las consultadas por el organismo internacional refirió haber sido obligada a practicar relaciones sexuales unas 2 700 veces al año, en ocasiones en grupo, y con las armas de fuego de sus “dueños” apuntándoles directamente.

Y, como ancho es el infierno, en 2002 trascendió que, pese a que a la gran mayoría se les obliga a mantener relaciones sin protección, a un 36 por ciento de las muchachas sometidas a esta aberrante subordinación se les negó asistencia médica, y únicamente un diez por ciento la ha recibido regularmente.

Eso sí: fuera de los prostíbulos reina el orden. Eso dicen...

BUENOS CLIENTES

En marzo de este año, una oleada de ataques de extremistas albaneses contra la minoría serbiokosovar ocasionó la muerte de 19 personas y el éxodo de otras 4 500, mientras que unas 700 viviendas y decenas de iglesias ortodoxas serbias eran destruidas, incendiadas, arrasadas...

¿Dónde estaban los militares de la KFOR y la UNMIK, que —encargados de frenar todo rebrote de violencia— no pusieron coto a este, ni a otros anteriores?

Algunos, a buen resguardo en sus bases, y otros... ¡en los burdeles, desde luego!

La Oficina Mundial de Migraciones (OIM) y AI han dejado en claro que muchos de los clientes de las esclavas sexuales de Kosovo son precisamente miembros de las tropas extranjeras. De hecho, según se pudo comprobar, el personal foráneo constituye el 20 por ciento de la clientela de este siniestro negocio, mientras que solo un dos por ciento corresponde a la población originaria de la zona.

Sobre este aspecto, Esteban Beltrán, director de la sección española de AI, ha destacado que tanto la UNMIK como la KFOR participan del tráfico y la explotación sexual de mujeres en la provincia serbia, al amparo de una inmunidad general. Este salvoconducto de que disponen los militares para hacer y deshacer a su antojo, solo puede ser anulado por el Secretario General de la ONU—en el caso de la UNMIK— y por los comandantes de los países de la OTAN que integran la segunda fuerza mencionada.

Dicha fuente apuntó además que, hasta el presente, solo 52 militares han sido devueltos a sus países por sospechas de implicación en esta práctica ilegal, o por maltratos físicos a las mujeres envueltas en ella. Sin embargo, escasas o nulas son las posibilidades de que se les juzgue severamente. “Lo máximo que ocurre —agregó Beltrán— es que son repatriados y, en todo caso, despedidos”.

Según consta, AI no pudo encontrar en ningún país evidencia alguna de proceso legal contra un miembro de la KFOR involucrado en la trata de mujeres. Y tampoco en Kosovo, donde las autoridades locales padecen de una lentitud y una complicidad crónicas, y no se recuerda que hayan sancionado a ninguno de los temidos zares del sexo.

¿TOLERANCIA CERO?

A la luz del informe de AI —que ha pedido a la ONU, a la OTAN y a la Unión Europea que apliquen medidas para garantizar el procesamiento de cualquier miembro civil o militar de las fuerzas “de paz” si están enredados en la explotación sexual de mujeres en Kosovo— la Alianza ha querido hacer ver que no es tan sorda como se creía.

Así, a principios de julio, el vocero del pacto bélico, James Appathurai declaró que todos aquellos militares que tuvieron relaciones con mujeres que fueran víctimas del tráfico sexual, serían castigados.

“Todas las naciones de la OTAN están profundamente comprometidas con asegurarse de que nuestro personal no tenga nada que contribuya en forma alguna a esto, y de hecho, a realizar todos los esfuerzos posibles por combatir el tráfico de personas”, dijo en aquel momento.

Pero quedan interrogantes en el aire. Por ejemplo, ¿tendrá efecto retroactivo esta “tolerancia cero”, como para que dé con sus huesos en la cárcel el funcionario de las Fuerzas de Estabilización de Bosnia, que en 1998 compró dos mujeres al precio de 3 057 dólares a un proxeneta local? ¿Le retiraría la OTAN su inmunidad diplomática, a lo cual se negó en aquel entonces?

Por otra parte, ¿cuántos efectivos de esas fuerzas tendrían que ir tras las rejas, toda vez que la sola presencia de más de 40 000 militares bastó para que se multiplicara el número de burdeles en la provincia serbia?

En realidad, como afirmó recientemente el embajador de Noruega ante el Pacto Atlántico, Kai Eide, “en los sitios donde hay una presencia de la OTAN, como Kosovo, la ex república yugoslava de Macedonia y Afganistán, la ley y el orden casi se han derrumbado, y hay un terreno fértil para el tráfico de seres humanos”.

Con tantas cifras y testimonios en la mano, eso no será difícil de comprobar. Allí, en el sótano de la libertad “postYugoslavia”, están las mujeres de Kosovo.

http://www.jrebelde.cubaweb.cu/2004/julio-septiembre/ago-8/print/admirable.htm